Llegó pensando que al fin había encontrado su lugar. Una familia que la respetara y valorara por ser quien era, sin importar nada más. ¡Qué equivocada estaba! Salió de la casa dando un portazo. Sus escasas pertenencias llenaban la pequeña y roída maleta con la que llegó.
La tarde era cálida y se quedó de pie en el portal, disfrutando del momento. Respiró hondo para deshacer el nudo de su garganta. Y lloró.
Lloró por la familia que nunca había tenido pero que aún así había perdido. Lloró por volver a estar sola en el mundo. Pero sobretodo, lloró por él. Porque al salir por la puerta sintió los hilos que lo unían a él cortarse irremediablemente. Imaginó su mirada cuando descubriera que se había marchado y el rostro se le contrajo en una mueca de dolor. Sabía que iba a sufrir por su culpa pero no podía aguantar más.
Lloró por la familia que nunca había tenido pero que aún así había perdido. Lloró por volver a estar sola en el mundo. Pero sobretodo, lloró por él. Porque al salir por la puerta sintió los hilos que lo unían a él cortarse irremediablemente. Imaginó su mirada cuando descubriera que se había marchado y el rostro se le contrajo en una mueca de dolor. Sabía que iba a sufrir por su culpa pero no podía aguantar más.
Y con su maleta a cuestas y el corazón roto, comenzó a caminar calle abajo, preguntándose de nuevo, si alguna vez encontraría su lugar en el mundo.
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