Llegó pensando que al fin había encontrado su lugar. Una familia que la respetara y valorara por ser quien era, sin importar nada más. ¡Qué equivocada estaba! Salió de la casa dando un portazo. Sus escasas pertenencias llenaban la pequeña y roída maleta con la que llegó.
La tarde era cálida y se quedó de pie en el portal, disfrutando del momento. Respiró hondo para deshacer el nudo de su garganta. Y lloró.




