Querida Sam:
¡Tu padre es imposible!
Cuando apareció en la tienda casi me da un infarto. ¿Cómo me había encontrado? Había viajado a cientos de kilómetros de él, había cambiado de trabajo, de casa, de amigos... Aunque ahora que lo pienso con más calma, no se de que me sorprendo. Él siempre consigue lo que quiere.
Miré el reloj de la tienda, nerviosa y vi que marcaba las nueve menos cuarto. Tenía que cerrar a las nueve pero no podía esperar más. Le había dicho a Dane que salía a las diez así que tenía una hora de ventaja. Recogí con prisa mis cosas, puse la alarma y salí a la calle. El viento helado me golpeó el rostro al salir y me envolví un poco más en el enorme abrigo negro que llevaba. Comencé a caminar calle abajo, de camino a casa, haciendo una lista mental de las cosas que tenía que meter en la maleta antes de marcharme.
Cuando llegué a casa me dirigí directa al dormitorio, saqué la maleta del armario y comencé a meter mis cosas de forma atropellada. Llevaba apenas un par de meses en aquel apartamento por lo que la tarea de hacer la maleta me llevó apenas diez minutos. Por desgracia, había adquirido práctica en eso de huir.
Sonó el timbre, sobresaltándome. Seguro que sería la señora Luca, mi vecina. La señora Luca vivía en el piso de abajo y desde que llegué me había acogido como si fuera hija suya. Cada noche después del trabajo, subía con algún delicioso guiso casero y me acompañaba mientras cenaba, contándome alguna historia de su pasado. Se enorgullecía de haber tenido una vida intensa y de no haber necesitado a ningún hombre para conseguirla. Y, aun ahora, a sus setenta y siete años, seguía esforzándose por vivir intensamente cada día. Lo cierto era que envidiaba su tenacidad. Desde que me marché de casa de Dane me había limitado a existir. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Y, si no fuera por aquellos momentos con la señora Luca, probablemente habría perdido la cabeza.
Cuando abrí la puerta y me encontré con los ojos furiosos de tu padre, casi me caigo de espaldas.
-La próxima vez que vayas a darle largas a alguien - dijo furioso - asegúrate que no haya un cartel que ponga mentirosa en tu frente - lo miré confusa - Hay un cartel en la puerta de la librería con el horario de cierre, Abba.
Definitivamente soy idiota. Dane me había dejado creer que lo había engañado para poder seguirme y descubrir donde vivo. Lo observé entrar en la casa, que ahora parecía pequeña con él dentro. Llevaba un recipiente entre las manos y miraba curioso a su alrededor.
-Tu vecina es una señora muy peculiar -dijo, dejando el envase encima de la pequeña mesita auxiliar donde solía comer- Cuando le he preguntado donde vivías, me ha mirado de arriba a abajo con una sonrisa, ha entrado en casa un momento y cuando ha salido me ha entregado tu cena. Me ha pedido que la disculpes esta noche por no poder acompañarte.
Me observó en silencio mientras se quitaba la chaqueta y la dejó doblada encima del sofá. Mi corazón latió desbocado cuando se acercó lentamente hacia mi, con los ojos brillantes y un amago de sonrisa en los labios. Parecía un depredador acechando a su presa en mitad de la noche. Su voz era ronca cuando añadió:
-Tenemos mucho de lo que hablar.
Y en ese momento me sentí como la presa apunto de ser devorada.

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